Sexto número

Mientras Sodoma ardía se escuchaba Plastic Love, de Jorge Panohaya

La memoria siempre falla, en especial cuando trato de recordar las veces que he leído en la nota roja cómo alguien muere en medio de suplicas. La indiferencia siempre me ha dado miedo. También leí alguna vez que esta es producto de la normalización de la violencia y eso nos va quitando la humanidad.

Recuerdo que mi madre siempre me decía que, si ocurría algo, algún crimen, yo no volteara para que así no me hicieran daño y me fuera tranquilamente. Ahora que lo pienso, mirar al otro es darle su lugar en el mundo, no ser indiferente ante su sufrimiento. La otra cara es mirar con morbo, por mero entretenimiento. El dolor se convierte en espectáculo.

Yo no vi nada. Es la declaración que más se escucha cuando se recolectan los testimonios de un crimen. Distancia de rescate. Ese es el punto que hace la diferencia: el peligro inminente que nos puede acarrear a posar nuestros ojos en la muerte.

Pero hay algo que me causa más pavor que el crimen: mirar al pasado. Recordar. Esa actividad mental es lo más doloroso. Me quedo suspendido en un tiempo muerto en el que ya no reconozco el presente. Sin embargo, hacerlo me hace sentir cierta tranquilidad. No importa lo que suceda, todo será igual.

Condenado al eterno retorno.


Trato de escribir sobre la mujer de Lot, pero las palabras no fluyen, se quedan atoradas en el teclado. ¿Cómo escribir sobre alguien a quien no se le nombra; alguien que sólo ha sido designada como la mujer de tal, la desobediente, la rebelde? No puedo escribir si no puedo enunciar.

Ahora recuerdo que esta necesidad sobre escribir acerca de ella nació con dos lecturas: Matadero Cinco de Kurt Vonnegut y «La mujer de Lot» de Wislawa Zsymborska. Mientras Wislawa dice los motivos por los que pudo haber volteado, creando una imagen hermosa de un instante repetido miles de veces, como si a través de un caleidoscopio mirásemos, Vonnegut habla de la humanidad que conlleva voltear al sufrimiento, dar la cara al pasado, a la ciudad de fuego. Pero hacerlo conlleva un castigo: convertirse en una estatua de sal.


La primera vez que descubrí a Mariya Takeuchi fue con Plastic Love. Lo más adecuado sería decir que Plastic Love me encontró a mí al saltar de repente en una recomendación de Youtube.  La canción es simple: una persona incapaz de volver a amar se refugia en lo artificial, en las luces neón de la ciudad. ¿Cuál es la posibilidad del amor en un mundo de seducción instantánea? Sonidos de consolas, guitarras, un sinfín de géneros dentro de una sola canción que te envuelven en un ambiente melancólico; una extraña nostalgia por un pasado inexistente. ¿Cómo revivir los días de un lugar que ya no existe y que nunca estuvo en nuestra memoria?


Anna Ajmátova escribe lo siguiente:

Y miró y, paralizada de un dolor mortal,

sus ojos contemplar ya no pudieron;

y su cuerpo se hizo de transparente sal

y sus ágiles pies en la tierra crecieron

Unos versos antes de la transformación de la mujer de Lot, en los versos mencionados, Ajmátova habla del recuerdo. La mujer no mira una ciudad de sodomitas, mira el lugar donde creció, donde dio hijos al hombre que ahora se erige como el valiente de esta historia. ¿Qué es la valentía cuando el mundo que conocías será destruido por las llamas de un dios impalpable? No hay llanto para aquella que miro por amor a lo que alguna vez tuvo y a los lugares donde se conformó su existencia. No hay amor por el lugar condenado. ¿A quién debemos llorarle en tales circunstancias?


City pop. Posguerra. Era Showa. Crecimiento financiero. Acelerar la vida. La música de la prosperidad. No miremos atrás. Todo es instantáneo, también el amor. La ciudad en llamas se ha desvanecido. Optimismo. Optimismo. Optimismo. Funkie. Jazz. Y tan sólo al final se escucha la melancolía. Recordar esta era de prosperidad. El City Pop es la lápida de una era pérdida.

Reinterpretar el mundo.

Una voz renace de entre los miles de videos sepultados en Youtube. La melancolía, la apropiación. ¿Cómo llamo a este sentimiento que nace al escuchar Plastic Love? El mundo recuerda. Consciencia colectiva de un sentimiento, de una nación que ya no existe. Entonces Plastic Love nos hace voltear al pasado. Lloramos. Reímos. No se entiende por qué. La música de la prosperidad es la música del futuro.

El fin del mundo ha llegado. Sólo se escucha el eco de la melancolía. Voltea. Voltea. Voltea. Voltea. Voltea. Voltea. Voltea.

Todos morirán y sólo así se salvará la humanidad.


¿Cómo revivir los días de un lugar que ya no existe y que nunca estuvo en nuestra memoria?

El 2 de agosto de 1914, Franz Kafka escribió esto en su diario: «Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar».

En Matadero Cinco, Kurt Vonnegut escribe que quiere crear la gran obra antibélica para que ningún niño tenga deseos de volver a la guerra, para que en la pantalla no haya tipos representando grandes hazañas de soldados que al final reciben una medalla: el honor. Pero fracasa en su cometido. El mundo siempre estará en guerra.

La cotidianidad nunca se irá. No hasta que el dolor nos alcance. Luego de un tiempo nos acostumbraremos, así el pasado siempre será mejor. En realidad no mejoramos ni empeoramos. Todo tiempo pasado es igual al presente. Las promesas de un mejor futuro no existen. Virtualidad. Por eso Plastic Love me hace llorar, porque derrumba el mito de la esperanza. Añorar lo desconocido. Por eso Lot se convirtió en estatua de sal, porque buscó derrumbar la creencia del progreso, porque se dio cuenta de que a pesar de que fuese destruida Sodoma, nada mejoraría. Toda la verdad del mundo llegó a ella. El secreto moría mientras se convertía en pilar de sal.

Jorge Panohaya

Jorge Panohaya

(Puebla, Puebla 1998) Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Le gusta leer y cocinar. Ha publicado en Revista Marabunta y Revista Literaria Tintero Blanco. Fui parte del programa Tentacular: Espacio de entrenamiento en creación, gestión y difusión de portafolios de obra. También fue organizador del Primer Encuentro Nacional de Estudios Queer.

1 comment on “Mientras Sodoma ardía se escuchaba Plastic Love, de Jorge Panohaya

  1. Muy buena reflexión e interesantes referencias…felicidades Jorge!
    Creo que esa frase de «añorar lo desconocido» describe esto que percibo cómo fenómeno de las nuevas generaciones de ser fanáticos de épocas pasadas y de ese intento de quiénes crean obras atemporales , de retener de alguna forma el sentir, lo vivido…como lo que mencionas de «revivir los días de un lugar…» Comentaba apenas, que pareciera ya fórmula de éxito situar historias en la época de los 80s, a partir de la Súper Stranger Things… Tu trabajo me hace pensar y sentir sobre el pasado..y la importancia de la memoria…bendito cerebro y sistema sensorial que nos hace humanos…si, requerimos «re humanizarnos»
    Gracias.
    Un abrazo.

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