Sexto número

Bifronte, de Eduardo Sabugal Torres

CARA A

Contemplando el plato vacío sobre la mesa de madera recién ensamblada, aún oloroso a sopa de tortilla, junto a trozos de totopos de maíz azul y migajas satelitales alrededor de una botella de cerveza, todo abandonado como en una naturaleza muerta hecha de astillas, así recibías la noche que hacía que las cosas del taller, las herramientas que pendían de la pared, la tablas, la madera a medio cepillar, la sierra eléctrica, los muebles en proceso, el burro de trabajo, dejaran de ser nítidamente visibles. Acababas de cenar José, y te sentías sin un lugar para poner tu pensamiento, tus vagas ideas que parecían apolilladas o lijadas hasta el cansancio. A esas horas intentabas ya no hacer ruido, para que los vecinos no se quejaran de ti y permanecías quieto, rumiando la idea de quedarte sin taller por falta de dinero. Fue entonces que escuchaste cómo la aguja se posaba en la superficie de un disco, en tu mente fue como escuchar el aguijón de un insecto y después un ruido como de periódico arrugándose, luego la canción comenzó. Dejaste hipnotizarte por esos sonidos que salían de las bocinas de la tienda de junto, un pequeño establecimiento en donde vendían viejos acetatos y discos de todo tipo. Se te hizo raro que a esas horas alguien pusiera música pero te pusiste a escuchar aquello como si estuvieras ante misteriosos cantos de sirena. Esperaste acaso una pequeña señal que te indicara que había esperanza, que no deberías renunciar al taller. El dinero no alcanzaba para la renta y quizá mañana había que irse, partir, partirse, encontrar una guarida más barata en otro lugar. Las partidas siempre eran así, partimientos, partidas de madre. Entonces, en alguna parte de tu cerebro, emergió un dulce sopor y ya no intentabas comprender aquella falta de lugar, aquella heterotopía que cantaban los cuatro ingleses de siempre. Habías trabajado en el gabacho, muchos años, el tiempo que duró la violencia acá, fue el tiempo de cuando la supuesta guerra contra el narco te había obligado a ti y a miles más, a irse del otro lado. Por eso sabías inglés y por eso entendías ahora lo que cantaban aquellos cuatro locos. Recordabas la canción, era como volverla a oír cuando la sonaban en la radio, allá por mediados de los años sesenta, cuando eras un niño.  En aquellos años ni de chiste soñabas con tener un suelo donde pudieras edificar, echar raíces, hacer tus obras, ver crecer a tus hijos y enterrar a tus muertos; creías, y ahora lo confirmas, que ese pensamiento era inútil, y que estabas condenado a la diáspora, al exilio mentiroso, a esa fuga pánica en la que te habías metido, por estar precisamente hambriento de tierra. Entonces no eras José sino que te representabas a ti mismo como el primer hombre, aquel Adán andrajoso, que después de la expulsión del paraíso, recorría el mundo en busca de un sitio para él. Ahora aquí, con este taller en penumbra, oloroso a resina, a tíner, a madera recién cortada, escuchando claramente la voz de John y Paul, recordabas el pecado primigenio, la desobediencia. Ganarse un lugar aquí era duro. En esta latitud todo parecía más costoso, y te sentías estúpidamente a la espera de algo, como si estuvieras esperando un diluvio que forzara a los demás a requerir tus servicios, a demandarte con urgencia la construcción de una gran arca de madera, una barca que los salvara a todos de la lluvia. Las voces que emanan del vinilo parecen acariciar el suelo lleno de aserrín, que se te figura ahora, como el de una pulquería. Miras absorto el librero de madera recién terminado oloroso aún a barniz, las hojas de los diarios extendidas sobre el piso, llenas de trozos de estopa, tinta, lodo, huellas de zapatos, donde, sin embargo, aún se alcanzan a leer los encabezados igual de sucios. El mundo está sucio, sin lugar limpio ya, piensas. Por un momento crees que entiendes por vez primera esa canción, y que aquellos lejanos ingleses entienden también tu no lugar. Hasta para matarse se necesitaba un lugar sobre la tierra ¿no?, un lugar donde caerse muerto, y tú no tenías uno, no tenías donde caerte muerto, y la idea formulada así, con esa frase, te hace reír. Cantas, y de pronto te sientes liberado, piensas que lo único que tienes son tus manos, tus manos trabajadoras, y que puedes ir por ahí como un auténtico errante, leyendo la ciudad que no te pertenece, mirando los aparadores de las tiendas que no te interesan, mojándote con una lluvia que nunca lava nada. Haciendo planes para nadie, que no llevan a nada, que son nada, haciendo malabares con el poco triplay y polines que vas encontrando. Haciendo lo que puedes con tu memoria erosionada, llena de evocaciones efímeras como la de cuatro peatones cruzando un paso de cebra, quizá cuatro asistentes a un entierro o a una marcha fúnebre. Después de todo, qué podía esperarse de un carpintero constructor de escenografías efímeras. Seguías sin locus, descolocado, y aquí estabas, en la digestión de una sopa de tortilla y en la audición milagrosa de tu no lugar, esperando que alguien volviera a colocar aquel disco en la tornamesa en el local de junto. 

CARA B

Desempolvas el LP, una fina capa como de escarcha oculta la tipografía rústica en la portada del disco, la quitas con la mano y sientes como si retiraras polvo o aserrín de una fotografía. Lees en la tapa el título de la canción Ain’t got no/I got life, suena en las bocinas el contacto de la aguja con el disco, un sonido mineral, como cuando uno enciende un fósforo. Comienza a hacerse audible poco a poco la canción, instintivamente bailas, suavemente, meciéndote apenas, canturreando la letra, es una canción que ya has escuchado antes, en algún lugar, en alguna otra vida. Sangre galopante de esclavos africanos, sangre india, sangre irlandesa, entra en la habitación. Tú también sientes que no tienes hogar, ni zapatos, ni dinero, ni clase. Duermes en esta tienda donde venden viejos discos de acetato porque no tienes para rentar un cuarto. El dueño, un muchacho emprendedor, te dijo que sólo este mes podías quedarte, y eso porque a él le conviene tener un velador sin tener que pagar más, piensas. No sabes qué harás, pero por lo pronto escuchas toda la música que puedes conectando los audífonos al tocadiscos. No quieres escuchar el ruido de la carpintería de junto, no tienes dinero ni planes, ni destino, tal y como canta aquella voz dionisiaca, salida de la garganta de una mujer que ahora observas, con admiración, en una vieja fotografía impresa en el cartón de la tapa. Ella está sentada al piano, con una gran sonrisa, y tú imaginas que seguramente canta que no tiene cultura, ni amigos, ni nombre. Pero cuando canta, el no tener nada de eso, ni boleto, ni Dios, le hace sentirse estoica, digna, casi orgullosa en la misma desposesión. Las manos sudan sobre las teclas del piano, regresa de pronto el poder de la sangre galopante; la certeza que hay en su cerebro, en sus ojos, en su boca. Su alma, su sexo, su libertad, no pide más. Y tú agregas mentalmente, y tu voz Eunice, tu hermosa y poderosa voz. Imaginas el pasado. Su madre desde la cocina canta góspel y ella entra en esa voz como en un santuario o en una plantación de enormes brazos vegetales. Eunice tiene seis, siete años, se sienta al órgano, que está ahí, en la sala, como un teclado mágico. Con su poca estatura apenas si alcanza las teclas, pero saca sonidos extraordinariamente inverosímiles para su edad. Le han dicho que cuando crezca podrá tocar en la librería del pueblo. Pero en esa librería no dejan entrar a gente negra, piensa, piensas. Y el tiempo pasa, en la tienda de discos convertida en tu guarida nocturna, refugio inundado por esa voz, y también en la vida de Eunice, que crece como una enredadera. En la librería de aquel pequeño pueblo hay muros donde los lomos de los libros espían el concierto que dará esta niña terrible, con aspecto de chamana. Sus padres, que han ganado la primera fila para oír a su hija de diez años, son desalojados del lugar por ser negros. Eunice toca de todas formas, pero está componiendo una canción que escribirá diez, veinte años después. Porque en ella el tiempo es profecía y confusión. Contempla seriamente el demonio del racismo que le hace guiños hirientes desde un rincón, y ella lo mira directamente a los ojos, sin parpadear, y canta, canta como un conjuro, con una voz que es más poderosa que todo cuanto hay ahí, un río que se desborda y que va arrastrando troncos y casas a su paso. Imagina panteras negras vociferando en un desierto de asfalto, a través de megáfonos futuristas, grietas en muros, banderas, puños levantados con guantes de cuero negro; imagina todo eso como un bastonazo en la cabeza, mientras una corriente eléctrica que no sabe de dónde salió, corre en sus dedos y en las teclas. Sus diez años se vuelven lustros, décadas, siglos de soul dormidos en cadenas y grilletes, los libros caen de los estantes, la librería se convierte en la tierra prometida, su voz ya sin sordina sustituye todo, tiene ahora todas las edades y es sólo eso, una voz. Tú sigues meciéndote, entras en ese ritmo curativo, te arrullas en el sueño tormentoso de la libertad, entonado por una mujer eterna que te observa sonriente desde su piano y desde la tapa del disco. Piensas que no está tan mal no tener, y piensas también que quizá mañana debas mudarte, abrir las puertas, irte de la ciudad, cruzar la calle, irte. 

Eduardo Sabugal Torres

Eduardo Sabugal Torres

(Puebla, 1977) Cuenta con dos libros de cuentos: Involuciones (2010) y Liquidaciones (2012). Ganador en 2014 del 14vo Concurso Nacional de Cortometraje del IMCINE. Escribe ensayo, cuento y novela.

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