Quinto número

Una casa de alcanfor, Ana Jazmín Sossa

El pasillo corre en silencio, sin moverse. Entre sus mejillas ya no camina nadie más que el tiempo, que le marca los cachetes, el rubor le ha roto los tímpanos. En el techo hay insectos quietos con alas: su oficio es observar. Ahora las hormigas corren en una marcha jubilosa pero apenas larga. Sus pasos han marcado poros y el obstinado caminar las ha llevado a construir su propio cementerio en bajo relieve. La muerte y el silencio se infiltran en superficies porosas. Las hormigas jamás han tenido nervios.

A papá nunca le gustaron las caries, pero de pequeña me llevó a vivir en una casa de alfajor. Nunca entendí por qué me cuidaba tanto los dientes de leche, decía que yo estaba hecha de miel. Mamá siempre me protegió de las caídas, hermano y yo tuvimos prohibidos los dulces hasta que se comenzaron a caer las paredes. A mi cerebro le han hecho tres endodoncias, pero yo sigo recordando todo muy bien. Un día recibimos visita: llegaron sin invitación y abrieron los cerrojos con aceite tibio, el de la confianza familiar. Era el hermano de papá, trajo dulces de chile. Desde que arribó no faltaron los caramelos, pero llegaban en grandes cajas cerradas que no era lícito abrir. El picor era problema de adultos y ante su complejidad, nuestra curiosidad se ahogaba. Cada 65 días llegaban nuevos niños grandes a casa; hacían rituales a puerta cerrada. Cuando los menores abríamos la puerta, había en el suelo solo charcos de saliva. Poco a poco, mi casita de alfajor se convertiría en una dulcería con acceso restringido.

Jamás fuimos los niños del juguete nuevo y nuestra decepción crecía cada vez que las fiestas de mamá y papá comenzaban. Arreglaban el hogar quitándole lo privado porque nuestra oscuridad era ahora sinónimo de suciedad. Preparaban las recámaras cuando salíamos a jugar. Pero un día, a hurtadillas, descubrí su secreto. En el centro de cada habitación había una mesa. Sobre la mesa se levantaban pirámides de caramelos picantes y acidulados. En torno a ello, la danza comenzaba. Entre cuatro paredes los mayores se lanzaban a una competencia furtiva, todos deseaban embriagarse con caramelo. Al final del acto, el azúcar se derretía sobre sus cuerpos y los sumergía en sus restos, después de la
cacerola vacía quedaba la piel. No era un juego, su ritual se disfrazaba con la excusa de alguna extraña devoción. Pero un día los huéspedes mordieron a mamá y todos los cimientos se cuartearon. A partir de ahí comenzaron a llegar insectos tintos y brillantes, sombras hambrientas de glucosa artificial. La luna giró y con ella se fue nuestra memoria.

Hermano y yo abrimos los ojos en un nuevo hogar. Amanecimos después de un sueño extraño, en medio de paredes insípidas de ladrillo que parecían siempre habernos esperado. Mamá no dejó de visitar al dentista porque le crecieron caries por todo el cuerpo. Mi padre acumuló deudas transparentes y se ocultó en un caparazón de impotencia infantil. Él me dijo que el alfajor es veneno para la sangre y jamás se disculpó con nuestros nervios molares necrosados.

La casa de alfajor se quedó sorda a fuerza de goteras, goteras de saliva corrosiva fruto de placer malsano. Los adultos rompieron las reglas: olvidaron que empalagarse es oficio pueril.

Hace poco encontré la ruta de regreso. Cuando llegué, me paré frente a ruinas erguidas y cristalizadas. Descubrí ahí que la fuerza del azúcar siempre radicó en su capacidad para encapsularse, deformar y embellecer. Paralizada y atónita en medio de mi contemplación, una polilla se sentó en mi hombro: “Al final devoraron la miel” pareció susurrarme. Comencé a caminar hacia adelante entre puertas caídas y estancias infestadas, mi cuerpo avanzaba sin pedírselo.

Sin anestesia, mi cuarta endodoncia comenzó.


Ana Jazmín Sossa

(Guadalajara, 2001) Estudiante de letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado textos de poesía y narrativa en diverso medios físicos y digitales como las revistas Himen y Sierpe, y en antología Cuento de Cuarentena (Salto Mortal, 2020). Ha trabajado en pequeños proyectos de edición. Entre sus pasatiempos favoritos se encuentra el estudio de flauta transversal.

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