Quinto número

El propio deseo, Aurea Ávila

En cada esquina que me paro, tengo de frente al mismo infierno. Nosotros fuimos quienes avivamos esas llamas; esto es lo que nos salvará, aunque ahora nos quememos y el calor sea tan fuerte que por la noche fresca vomitemos sueños amargos. En cada esquina se ve cómo se enfilan los huizaches, que nos llegan por encima de la cabeza, también hay mezquites que con el viento se vuelven danzarines, y nopales que, de tantos, hemos pensado que son los guardas y salvadores de este par de desdichados.

Me he sentado un momento para tomar agua y recuperar algo de fuerzas. Frente a mí, cerca del arroyo seco está mi marido el Avellón. También hay por aquí algunas vacas que se pasean con cuerpo de momia… me da pena decir que esos huesos flacos son los que podrían sacarnos adelante. Lo malo fue que el invierno se hizo tan largo, que lo que teníamos resguardado para alimentarnos a nosotros y a los animales desaparece cada vez más rápido. La primavera no nos basta para continuar sujetados a la palabra esperanza, mi marido y yo la llamamos a gritos una y otra vez, por en medio de las copas de los árboles, y por debajo de la tierra. Y nos escucha un poco, como el otro día en que mi marido pegó los labios en la boca de un hormiguero desierto, y gritó fuerte, muy fuerte para que el sonido llegara hasta las entrañas de la tierra: ¡Esperanza, sigues viva! ¡Esperanza!… yo pienso que sí se dio bien a entender, es decir, que lo que buscamos es hacer despertar la tierra de una vez por todas, porque justo en ese momento, cientos de hormigas empezaron a salir entre atropellos diminutos, salieron y se decepcionaron igual que nosotros. A lo que dijo el Avellón:

—Lo ves, Caro, hasta ellas son más inteligentes que nosotros. Siguen ahí abajo sobreviviendo con lo que juntaron el año pasado, y no salen aquí a cortar pesadumbres. ¡Se veía tan desierto ese hormiguero, que juraba que estaría abandonado!

Nosotros fuimos quienes avivamos este infierno… fue el modo en que pudimos seguir alimentando a nuestras vacas. Ahora hemos recuperado el aliento y nos pondremos a trabajar nuevamente. Al Avellón le gusta platicar mientras trabaja, dice que de ese modo es como se olvida del dolor de huesos y le puede poner más empeño al talache. A mí también me gusta contarle cosas, pero yo lo prefiero durante las noches iluminadas, yo así lo hago mejor, ahorita nomás le contesto cualquier cosa, a fin de cuentas, las pláticas me parecen a que todo es siempre un asentir de cabeza.

—¡Pobre de nuestra Chocolata, Caro! Tanta fue su hambre que se comió los nopales con todo y espinas, qué astillada se le veía la lengua, y la cara también, llenita toda de espinas, largas y gruesas. Con razón después de darle esas mordidotas se fue corriendo hasta el tanque. La hubieras visto, a cada mordida abría más los ojos, como cuando uno está enchilado. Pobre Chocolata, se hubiera esperado a hoy para comerse ese nopal, y los que quisiera.

A mí me toca hacer el sancoche, le prendo lumbre al nopal entero, que en esta tierra son altos y abundantes de pencas; he encendido uno a uno como antorchas. No es tan fácil hacer fuego al aire libre, pero la piel del nopal es noble, y en menos de lo que se espera, empieza a achicharrarse, desprende mucho humo y sonidos que no nos dejan pensar. El nopal suda y desprende chillidos entre cortados, suena a que algo se desinfla, a que se truena, se retuerce, y en ratos se confunde con el llamado amoroso de las cigarras… Pronto las espinas son devoradas por el fuego, que al tiempo se apaga. Y ahí es cuando llega el Avellón empuñando la cuchilla, dando cortes por todos lados, para que caigan al piso trocitos medio asados, y luego pueda llegar la Chocolata y las otras vacas a comer de esto que nos obsequió Esperancita.

Nuestra herramienta la obtuvimos de la misma tierra, hemos rajado algunas ramas verdes de huizache para avivar el fuego, que desprenden un olor tan fuerte, que, sumado al calor que me desfila por la cara, me dejan el estómago revuelto.

—Tiéntate las pestañas, Carolina, y verás que ya las traes todas chamuscadas, ¡si serás!

El Avellón no ha dejado de encontrarle gracia a cualquier cosa. Ese rato empezó a decir que ya hasta él tenía ganas de comerse unos nopalitos, que le fuera apartando los más tiernos, esos que apenas van saliendo como coronas triunfantes, de un color verde vivo, con espinas peluditas y cortas, casi invisibles… No hemos parado en toda la tarde. Volteo hacia atrás y veo un paisaje que se mece entre cortinas negras, olean entre las copas iluminadas y después se alejan, se vuelven nubes grises en medio de un cielo que es por un lado azul y al otro dorado. Yo digo que fue suficiente por hoy, por eso mejor ya me voy adelantando a la casa, y que el Avellón llegue cuando le dé su refregada gana.

Las lentejas y la última telenovela del día nos esperan en la mesa. Al final lo que nos ayuda a liberar nuestros cuerpos cansados, es un poco de tragedia y risas. Son tan absurdos los problemas de la ciudad. Aunque tan entretenidos. Se apaga la tele y ahora me toca a mí hablarle al Avellón, hoy quiero contarle cómo es que pienso devolvernos el paraíso, no sé si sea suficiente con palabras. La noche ayuda, ya que ahora está tan fresca, y aunque iluminada, no se ve ni señal de que unas horas antes esto fuera el merito infierno.

Aurea Ávila

Aurea Ávila

(Aguascalientes, 2000) Actualmente estudia la licenciatura en Letras Hispánicas por la UAA. Ha publicado en la revista Pirocromo, misma en la que es miembro desde 2019. También ha participado en los coloquios “Elvira López Aparicio. Lengua, Arte y Literatura” (2019) y el “CONELL XVIII” (2020). Una de sus metas de vida es adentrar su mirada de la mujer y del campo en las nuevas literaturas.

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