Cuarto número

El cuaderno de alas: Fabrizio González Torres

El escritor estaba indeciso. No lograba distinguir el comportamiento de aquella musa que, perezosa, dormitaba sobre una orquídea, así que se acercó a ella para preguntarle una frivolidad.

—¿Me amas?

La musa no abrió los ojos para contestar.

—No sé de qué me hablas. Mi trabajo no es amarte.

—Lo sé, pero ¿no me amas ni siquiera un poco?

La pequeña mujer giró sobre sí y acomodó la cabeza sobre un pétalo, dándole la espalda al escritor, sin mediar otra palabra.

—Triste, muy triste me tienes. Me duele tu indiferencia, porque yo sí te amo… y te necesito.

Al escuchar la súplica del desaliñado sujeto, la musa se desvaneció entre las gotas de rocío que se condensaban sobre los pétalos, y que no eran tan blancos como su piel. El escritor se quedó de pie, junto a las orquídeas, dubitativo.

—Quizá sea mi culpa, por no saber cuándo dejar de amar.

Los días pasaron y la musa no se dejaba ver. El corazón del escritor se marchitaba sin remedio y cada vez le costaba más trabajo encontrar la inspiración. Escuchaba música muy bella, miraba pinturas fantásticas de colores alegres, pero nada le devolvía la alegría. Extrañaba tanto la risa de la musa, que comenzó a escribir sobre las historias que habían compartido y los días que pasaron juntos, mirando a la luna, pero sólo consiguió deprimirse más.

Cansado de esperar el regreso de la veleidosa mujer, se sentó en un tocón del jardín y comenzó a beber néctares artificiales, de los sabores más variados; brillantes fresas, turgentes melocotones, frutas que destilaban miel, pero que se consumían tan rápidamente como las pagaba, sin dejar otra cosa que un gusto dulzón en el paladar, como de miel podrida.

—No puedo seguir así. Debo echarla de mi mente, si mi cuerpo no tiene remedio, si está tan corrupto como para no nutrirse, al menos salvaré mi alma.

Armado con el valor de una botella de ginebra barato, comenzó a cortar todas las flores que ella había traído. En muy poco tiempo no quedaban brotes ni tallos, ni, mucho menos, colores. El jardín se había convertido en un páramo de tonalidades ocres, tan frío que la vegetación se volvió gruesa y espinosa, en el que sólo brillaba un fuego muy pequeño, justo en el lugar donde antes estaban las orquídeas.

Ella regresó sin avisar, simplemente se materializó y caminó descalza sobre las puyas. Alarmado por el llanto de la musa, el escritor se apresuró al lugar de donde provenían las quejas.

— ¿Qué hiciste con mis flores? ¿Dónde quedaron?

—No sé de qué me hablas. En este lugar sólo hay una vitalidad agreste, capaz de soportar el frío o la falta de agua, y las flores no corresponden con esa clase de vegetación. Las flores son delicadas, necesitan cuidados y un cariño que, aquí, no hay.

La musa se cubrió el rostro y lloró con mayor fuerza.

—Tú no me amas, eso es lo que sucede, por ello asesinaste mis queridas flores.

—Aquí no hay flores, quizá las hubo. No lo recuerdo.

Los ojos de la musa se clavaron en los del escritor, buscando dentro de ellos alguna muestra de mentira o de duda.

— Tú no eres él. Por favor, no me lastimes, sólo permíteme dormir aquí, descansar, y mañana me iré.

Con el frío de las horas altas, la musa buscó los brazos del escritor, para cobijarse, y así, cómodamente acurrucada, se fundió en un profundo beso que sabía a néctar de uvas rosadas.

Pocos días transcurrieron, la musa encontró tan agradable aquel páramo que decidió quedarse. Iluminada por la luz del fuego que ardía sobre las raíces quemadas de las orquídeas, se desnudó frente al escritor. Buscó el calor de los recios brazos y se acomodó en su pecho. Hurgando entre sus ropas, encontró un envoltorio que le pareció conocido.

—¿Es un cuaderno? ¿Para qué quieres tú un cuaderno?

El escritor se deshizo de lo que quedaba de su ropa y volvió a ceñirse la piel blanca de la musa.

—Sólo es un mal hábito, uno de muerte que atrae moscas de tan podrido que está. Nada que sea grave, sólo es de mal gusto.

Consumada la unión de los cuerpos, sin palabras ni latidos, el escritor se acostó de espaldas a la musa. Esa noche no la abrazó, y ella cayó dormida, vencida por el cansancio de un llanto silencioso. El escritor se levantó antes de que ella sintiera frío y se acercara para acurrucarse, tomó el envoltorio de entre las ropas que yacían húmedas en el suelo, y lo abrió. Se trataba de un cuaderno forrado de papel amate, delicadamente decorado con siluetas femeninas, que hojeó tranquilamente, sonriendo de vez en vez al detenerse en alguno de los pasajes escritos en él. Al llegar a la última página escrita, suspiró y se recargó de espaldas al cielo, mirando la luna y las estrellas.

—A veces son bonitas, pero lo mejor es no volver el camino andado.

Con delicadeza inimaginable, el escritor levantó a la musa en sus brazos, la besó y la sintió acomodarse en su pecho. Suavemente la depositó sobre las páginas vacías del cuaderno y lo cerró, sin presionarlo, quedando apenas una rendija que separaba la división de las hojas, volvió a envolverlo y cavó un pequeño agujero en el piso de arena, justo a un lado del fuego, donde lo depositó. Cubrió el cuaderno con la arena removida, mientras llegaban junto a él los pasos, diferentes, de una mujer que olía a miel.

Fabrizio González Torres

Fabrizio González Torres

Fabrizio González Torres es un escritor amateur de esos que el “gremio” llama “emergentes”. Publicó una antología de cuentos con Fractales Literarios, también algunos poemas y relatos con Literatinos, Espejo humeante, El periódico poético de Tecpan, Perro negro de la calle, Poetas impropios y la Revista Senderos

Amante de la ciencia ficción, el terror y las distopías, también se escabulle por el romanticismo de la poesía libre.

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