Cuarto número

La contradicción de un alma divida: Poemas de Oscar Wilde, aproximaciones

En el espacio cuya disposición es más la de una escenografía que la de un estudio, el genio de larga cabellera mira hacia la cámara, su vestimenta (chaleco y chaqueta de terciopelo, medias de seda) armoniza muy bien con el asiento de piel donde se reclina y con la alfombra turca en la que se posan las plantas, ocultas por sendas zapatillas adornadas con grogrén. Su codo apoyado sobre una de sus piernas — manteniéndose alejadas en una pose laxa — permite a la mano ser el sostén del rostro, ligeramente inclinado en actitud meditabunda. Esta pose nos recuerda acaso, más que al dandy y al hábil conversador, a la figura del famoso grabado de Durero vista desde otro ángulo. El paralelismo daría la razón a Aristóteles, cuya tesis emparentaba al hombre de genio con la melancolía, como si ésta fuese el ángel personal de todas las personas excepcionales. El joven fotografiado, con sólo 27 años encima, ya delata quizá ese incipiente tedium vitae y las contradicciones interiores que plasmará mucho más tarde en su etapa de escritor más prolífica. La imagen de 1882 es obra del célebre Napoleon Sarony  y es uno de los retratos más conocidos de Oscar Wilde, fechado apenas un año después de la publicación de Poemas, texto con el que ingresa al mundo artístico con éxito (cuatro ediciones en poco tiempo y cientos de copias vendidas), no es para menos que el libro aparezca en manos de su creador en la fotografía tomada en Nueva York, ciudad a la que llega como invitado por el agente de talentos D´Oyly Carte para dar conferencias sobre el movimiento esteticista (movimiento al que Wilde defenderá hasta sus últimas consecuencias años más tarde). 

Dado el peso de algunas composiciones escritas en su madurez como El retrato de Dorian Gray, La importancia de llamarse Ernesto, o los cuentos epigramáticos de El ruiseñor y la rosa, la crítica olvidará en gran medida que la carrera literaria de Oscar Wilde inicia con sus poemas (labor a la que volverá formalmente en sus últimos años para completar el ciclo vital); el gusto de hacer versos lo hereda de su madre: Jane Frances Agnes Elgee, mujer políglota que firmaba sus composiciones líricas con el seudónimo Speranza. Del padre, aficionado a la arqueología, toma, directa o indirectamente, la inclinación marcada por la antigüedad, misma que le llevará a desenterrar a dioses y diosas de la antigua Hélade en el terreno fértil de la lectura y traerlos (ya desempolvados y desfragmentados) a las páginas de su obra, aunque sea a través de las máscaras de algunas figuras bíblicas, la obra Salomé es ejemplo de ello: censurada por hacer de Bautista y la princesa idumea seres sexuales y de gran carga erótica. En Poemas, el encuentro — posible dentro de la esfera del arte — entre cristianismo y paganismo no olvida por completo sus dos cauces distintos, lo que se ve ejemplificado con los viajes que hace Wilde durante su juventud: por un lado, Italia, cuyos himnos del juicio final en la Capilla Sixtina y su lograda pintura sacra en Florencia inspiran dos sonetos de un profundo sentido religioso y espiritual en los que se exalta el control de las pasiones y la piedad del Dios vengativo; por otro, Grecia, cuyas islas infunden al yo poético una nostalgia escalonada por aquellos tiempos en los que Amor corría sin pudor por los jardines, lugares en los que, quizá, una antigua deidad haya sobrevivido; aunque oculta, tal vez por temor a que la maquinaria de la Revolución Industrial acabe con lo que queda de ella. Oscar Wilde asume en su primer libro la contradicción de un alma dividida: el culto al exceso y la efímera belleza en una mano; en la otra el remordimiento y la culpa, que es más desgarradora por ser la que nace del pecado original: inherente a todo ser humano. Pero la duda llega hasta los terrenos de la plegaria de quien pide perdón, en sus adentros tiene el presentimiento de que nada ni nadie allá arriba lo está escuchando, esta verdad dejaría a la creatura sin el amparo divino sí, pero (acaso esté sugerido implícitamente en Poemas) abriría al hombre el camino para disfrutar el momento presente tanto como para cultivar los placeres. En la esfera del Arte esto se traduciría en la búsqueda de una verdad fuera de los límites de la Ética, verdad que lleva consigo las paradojas que le dan vida y de las que está compuesta la individualidad del ser humano.

Poemas es el germen de muchos de los motivos e ideas presentes en la obra de madurez de Oscar Wilde. El libro delata ya esa personalidad de profunda sensibilidad y conocimiento de la tradición alimentada por un sinfín de lecturas y reflexiones en las que se transparenta el sentido crítico; las formas de corte clásico nacen de un oído refinado y una minuciosidad de orfebre. Por tal motivo los poemas de esta selección abandonan la traducción en prosa en pro de una estructura en verso de metro fijo; no obstante, con el cambio del endecasílabo inglés por el alejandrino castellano (con su pausa o cesura en la séptima sílaba) con el fin de que el verso permita mayor campo de libertad al momento de trasladar algunos vocablos e ideas a nuestra lengua. Tres de los cuatro sonetos conservan una rima que va, en aras de ser fiel al sentido original del texto, de la consonancia a la asonancia o viceversa. Tal necesidad obedece al juicio que emite el autor de El crítico como artista, para el cual la rima es un recurso indispensable en tanto abre puertas sonoras inusitadas, además de que, a su parecer, es el único acorde de verdad novedoso que el poeta moderno agrega a los ritmos y cadencias de la lírica griega. Tal interés por preservar el rigor de la composición obedece también al culto a la forma que profesa Wilde, para quien el poema se origina a partir de la música y el número antes que de los pensamientos y conceptos que han de llenarlo, de tal modo que la forma es la que precede a la idea y no a la inversa. Entiéndase como reelaboración poética la labor de traducción emprendida, cuyo distanciamiento del texto de origen podría equipararse, licenciosamente, dentro del imaginario wildiano, con la tarea ejercida por el crítico, a quien asigna el papel de creador que se separa de su objeto tal y como la poesía al momento de plasmarla se separa de la vida interior y exterior a la que remite. Las libertades tomadas en este trabajo bien podrían ser entendidas, o disculpadas, a raíz de esta noción.

Cuatro sonetos de Oscar Wilde

Traducción poética por Gabriel Reyes Oscar Wilde 1 Forma abreviada del latín “Lux E Tenebris” que quiere decir “luz fuera de la oscuridad”. Frase tomada de Juan 1.5. 2En Reyes 18. 19-40, Baal es laSeguir leyendo

Gabriel Reyes

Gabriel Reyes

(León, Guanajuato, 1996) es egresado en Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato, ha colaborado con textos poéticos en revistas impresas y digitales como De-Lirio, Punto de Partida, Gallo Galante, Revista Golfa, Página Salmón, Ruleta Rusa, Campos de Plumas y Los demonios y los días, donde actualmente forma parte del comité editorial.

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