Tercer número

Llorar la muerte del enemigo: un texto de Carlos García Gual

Nada más natural que llorar la muerte de un ser querido, un familiar próximo o un amigo querido. El dolor ante esa ausencia repentina e irreparable nos desgarra como una herida ardiente, de la que parece imposible hallar un pronto consuelo. Y, por tal motivo, en la literatura de todos los tiempos, desde los más antiguos, abundan los lamentos por el amado o la amada arrebatados por una azarosa e implacable muerte. Desde casi tres mil años atrás nos llega el desesperado lamento del gran héroe Gilgamés en el antiguo poema sumerio de su nombre, y nos conmueve su feroz furor contra los dioses, tras la muerte de su amigo Enkidu. Y de modo semejante, desde otra literatura épica más cercana, el no menos amargo y desgarrado planto de Aquiles, al saber la muerte su amigo Patroclo, como cuenta Homero en el canto XVIII de la Ilíada.

Más extraño y sorprendente resulta, en cambio, que alguien llore la muerte de un enemigo, puesto que, a primera vista, ésta puede ser acogida y suele ser vista como un triunfo o una victoria. Esa muerte ajena significa un obstáculo que desaparece, una aniquilación que satisface el rencor, y resulta por tanto un exultante motivo de júbilo. Ciertamente no faltan, ni en la literatura ni en la tradición histórica, celebraciones de las muertes de los contrarios. Alegra la ausencia de quienes eran acoso y amenazas. Sus muertes reafirman el triunfo, sobre todo cuando implican una deseada revancha o una sangrienta venganza. Eso es tan evidente que podemos ahorrarnos los ejemplos.

Pero, por su carácter excepcional y acaso también por su paradójica nobleza, conviene no olvidar algunos casos contrarios, unos ejemplos espigados en la literatura griega antigua. Son casos en que un héroe, o un pueblo victorioso gime o rompe en llanto recordando a los enemigos muertos. No sé si acaso pueden citarse otros de tan extraña e infrecuente actitud en otras literaturas. Muy bien pudiera haberlos, pero yo quiero ahora, brevemente, comentar tres excepcionales ejemplos del mundo griego.  

El primero está en el canto final de la Ilíada, el XXIV. (Tal vez no viene del mito heredado, sino que es invención personal del poeta Homero para concluir su poema). El segundo lo tenemos en una famosa tragedia de Esquilo: Los persas. El tercero en un episodio – tal vez fabuloso- de la biografía del gran Alejandro, en su encuentro con el derrotado rey persa Jerjes herido a traición y ya moribundo.

Son tres escenas muy distintas, y de diversos tiempos, pero coinciden en un rasgo común: expresan una extraña y honda piedad del vencedor hacia el vencido.


1

La escena en que el viejo rey Príamo llega, abandonando los muros de la sitiada Troya a la tienda de campaña de Aquiles, en medio del campamento de los guerreros aqueos, es de muy singular dramatismo. El rey troyano ha viajado de noche, cruzando arriesgadamente en su carro el campo de batalla acompañado tan solo por su auriga, y entra decidido a arrojarse a los pies del terrible héroe para suplicarle que le entregue para darle sepultura el cadáver de su hijo más heroico y querido, Héctor. Aquiles, que lo mató en un reñido duelo con lanzas, había ya intentado desgarrar y ultrajar el cuerpo del muerto arrastrándolo tras su carro en frenéticas carreras. Había prometido ser implacable en su venganza con el enemigo que diera muerte a su inolvidable amigo Patroclo, y por eso quiere destrozar el hermoso cuerpo de Héctor. Pero queda asombrado y sobrecogido al ver ante sí, arrodillado, tendido a sus pies, al anciano padre del guerrero muerto. Sin vacilar, levanta a Príamo cuando éste se humilla, y, acordándose de su propio padre, el ahora lejano Peleo (al que no volverá a ver nunca), promete acceder a su ruego y, conmovido, rompe en sollozos. A la vez, el viejo rey Príamo admira la figura imponente del terrorífico enemigo; y su presencia le aviva la memoria de sus hijos ya perdidos, como Héctor, muertos en crueles combates, y solloza también, y ambos, el fiero guerrero y el abrumado viejo coinciden en gemidos y lágrimas en esa escena impresionante. Triunfando sobre el odio al enemigo surge la compasión.

Como he comentado este texto más extensamente en mi Encuentros heroicos, no insistiré en sus impresionantes detalles. Pero aun así quisiera insistir, brevemente, en subrayar con qué admirable talento el poeta, que compuso la versión definitiva de la Ilíada, diseñó esta impactante escena para concluir con un cuadro tan humano y tan emotivo la estructura del poema. Sin duda esta escena es la muestra más definitiva del humanismo genial del viejo Homero. Por encima de la crueldad guerrera la compasión: el reconocimiento de la humanidad doliente del otro, que en lo profundo del dolor se nos muestra tan semejante al ser más querido.   

El poema concluye luego con el funeral y los plantos de las troyanas, Helena, Hécuba y Andrómaca, llorando por el gran Héctor. El gran tema central de la Ilíada es la cólera del vengativo Aquiles, como proclama su inicio, pero la furia asesina halla su patético contrapunto en esos funerales de Héctor, un colofón de esplendor trágico.


2

En el año 472, ocho años después de la batalla de Salamina y unos dieciocho de la de Maratón, Esquilo presentó en el teatro ático de Dioniso su tragedia Los persas. Es la única tragedia conservada cuyo tema no es un mito heroico antiguo, sino un suceso histórico: la derrota del gran ejército persa del rey Jerjes en su intento de conquistar Grecia.  (En dos decisivas y resonantes batallas, en el estrecho de Salamina y la llanura de Platea, los griegos aniquilaron la gran flota y el inmenso ejército de los invasores asiáticos). La tragedia evoca el triunfo de los griegos en defensa de su tierra y su libertad. Pero Esquilo no celebra con un exaltado himno patriótico esa victoria en la que habían participado muchos de los espectadores que ocupaban el graderío del teatro y en las que muchos habrían perdido seres queridos (como era el caso del mismo dramaturgo). No ensalza con vibrante entusiasmo el arrojo heroico de sus conciudadanos. No nombra a ninguno de los vencedores, sólo a numerosos vencidos. 

Recordemos los trazos esenciales del desarrollo del drama. La acción sucede en la corte persa de Susa. Allí aguardan noticias de la expedición a Grecia los ancianos del coro persa, y ante ellos aparecen la reina madre Atossa y el fantasma del difunto rey Darío. Y allí llega el mensajero que relata la gran catástrofe del antes fastuoso ejército de Jerjes. En el mar vecino a Atenas, frente a la isla de Salamina, la gran flota ha sido derrotada. Allí quedaron entre las olas y las costas barcos destrozados y miles y miles de cadáveres, y todos los grandes caudillos persas han perecido en el choque naval. El coro pregunta por los príncipes y grandes señores de nombres famosos que partieron hacia Grecia. La respuesta es contundente: todos, todos han muerto. Gran parte de la tragedia es un largo planto de dolor, un treno donde resuena el tan repetido estribillo: “¿Dónde están aquellos…?” En la corte persa todo es desolación. Y, para cerrar el cuadro aparece en escena, con sus lujosas vestimentas desgarradas y abrumado por la derrota y la desesperación, el propio rey Jerjes, antes magnífico, ahora una víctima de su desmesurada ambición. Es el héroe trágico, arrastrado por su hybris a la catástrofe.

Es, sin duda, una muestra clara del genio de Esquilo el que haya elegido esta recreación del mundo persa para suscitar la compasión y el espanto, éleos y phóbos, que, según Aristóteles, la representación trágica podía producir para la “purificación” (en griego kátharsis) de tales sentimientos en el ánimo de los espectadores. Como escribió Gilbert Murray, los Persas es el más digno canto de victoria de la literatura.

La obra evoca el dolor de los vencidos (con detalles como el dar los nombres de los grandes jefes persas y el recordar cuánto los llorarán sus madres y sus gentes) para conmover a los espectadores. Frente a la ciega obediencia de los asiáticos a su monarca admiramos, en contraste, el anhelo de libertad de los griegos, que los ha impulsado, con temerario heroísmo y con ayuda de sus dioses, a la resonante victoria. Con su alocado déspota los persas se precipitaron a la catástrofe, mientras que los griegos, mucho menos numerosos, han triunfado por su audacia y amor a su patria.

La lección está clara: han vencido justamente los defensores de la libertad. Pero los vencidos están aquí vistos con innegable compasión. También ellos eran humanos, también el dolor de los viejos y las madres de los que ya no volverán es conmovedor. La insensatez de su rey los ha perdido; pero eran seres humanos dignos y tenían sus nombres propios y algunos fueron hermosos jóvenes y espléndidos príncipes. Los espectadores comprendían que sus feroces enemigos, los que habían arrasado la Acrópolis, eran también seres humanos a los que el Destino llevó a la perdición.  

(Cuando uno compara esa visión de los persas con la que ofrece el cómic tan difundido de los Trescientos, en el que los persas no tienen rostro, sino que son una multitud de ensabanados a las órdenes de un Jerjes que es una especie de  negroide “Drag Queen” con muchos piercings –¡!–, no deja de sorprender tanta perversión). 


3

Alejandro abrazando a Darío agonizante y escuchando sus últimas palabras es, sin duda, una magnífica imagen. (Puede verse en algunas pinturas y tapices árabes). Pero no es una estampa acreditada por fieles relatos históricos, sino ficción novelesca. Le he leído en el texto atribuido al Pseudo Calístenes Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia. Pero no está en la recensión A, la más antigua, de esa fabulosa biografía, sino en la recensión B, algo posterior, un texto que traduje hace unos cuarenta años. Citaré unas líneas de ese pasaje, que creo poco conocido (Libro II, caps. 20-21 ):

Entró Alejandro en el palacio de Darío. Los asesinos, al enterarse de la llegada de Alejandro, escaparon dejando a Darío moribundo. Al llegar Alejandro y encontrarlo casi muerto, ensangrentado por los golpes de espada, rompió a sollozar en un lamento fúnebre adecuado a su pena. A la vez que derramaba lágrimas, con su clámide cubrió el cuerpo de Darío y, poniendo sus manos sobre el pecho del rey musitaba palabras de compasión:           

―¡Levántate, rey Darío, reina en tu país y sé soberano de tus gentes! ¡Toma tu corona y sigue rigiendo al pueblo de Persia y mantén la grandeza de tu monarquía! Denuncia a tus asesinos para que tome venganza.  

Cuando así hablaba Alejandro, Darío gimiendo le echó los brazos al cuello y abrazándolo le dijo:

            ―¡Rey Alejandro, nunca te ensoberbezcas con la gloria de la tiranía! Cuando alcances una obra digna de los dioses y pretendas alcanzar con tus manos el cielo, piensa en el futuro. Pues la Fortuna no protege a un rey por grande que sea su dominio, sino que gira en todas direcciones como una peonza de inescrutable rumbo. Ya ves quién fui y quién soy ahora. Cuando yo muera, Alejandro, dame sepultura con tus propias manos. Que me rindan honras fúnebres macedonios y persas. Y se haga una la familia de Alejandro y de Darío. Te confío a mi madre como si fuera la tuya, y trata a mi esposa como si fuera de tu sangre. Te entrego a mi hija para que sea tu mujer…

Después de estas palabras, abrazado al cuello de Alejandro, Darío expiró.

Alejandro dio grandes gritos de dolor y sollozó compasivamente por Darío y ordenó que se le diera sepultura según la usanza persa… Todos lloraban y entonaban lamentos, no tanto en honor de Darío como de Alejandro al que veían llevando a hombres el féretro.

Esta fúnebre escena no aparece en los historiadores de Alejandro (Diodoro, Plutarco y Quinto Curcio).Pero ahora no nos importa mucho que sea un añadido legendario tardío, a efectos de subrayar su noble patetismo . El vencedor abraza al vencido y en ese abrazo los reyes se confortan. Darío le encomienda a su vencedor el cuidado de su familia, un encargo que el Alejandro histórico cumplió generosamente, y también se ocupó de la venganza, dando castigo pronto e infamante a sus asesinos.

La tragedia, según Aristóteles, suscitaba la compasión (éleos). Escenas como éstas merecen recordarse, pues afirman el triunfo de la compasión sobre el rencor. 

Carlos García Gual


Fotografía: Víctor Benítez

Carlos García Gual

Nació en Palma de Mallorca en 1943. Premio Alfonso Reyes 2020. Autor de libros como La muerte de los héroesLos orígenes de la novelaDiccionario de mitos, Las primeras novelas: desde las griegas y las latinas hasta la Edad Media, y La historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda.

Es escritor, helenista, crítico y traductor. Catedrático emérito de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid. Desde 1977, es fundador y asesor de la serie griega de la Biblioteca Clásica de Gredos donde ha estado al cuidado de unos doscientos cincuenta volúmenes. Es miembro de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona.

Su amplio trabajo como traductor fue reconocido en 1978 con el Premio de traducción Fray Luis de León. Entre sus traducciones de textos clásicos griegos, destacan La política de Aristóteles (1981), El viaje de los argonautas de Apolonio de Rodas (1983), la Odisea de Homero (2005) y Vidas de filósofos ilustres de Diógenes Laercio (2008).

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