Tercer número

Elegía del Dios que fue culpa, por Javier Paláu

¡Ay de ti, oh mi Dios, aquél que fuiste;
tú que sólo en mí, sólo por mí,
la vida humana degustaste,
pues fuiste sólo imagen en mi mente!
Sólo al imaginarte siempre eterno,
mientras te imaginé, viviste siempre;
fuiste sólo en mí un ser divino,
fuiste, no eres más, la ley por que me rijo.

Y así viviste, Dios,
en el cielo invisible que es mi mente;
pero es triste, oh santísimo milagro,
que al tiempo de nutrirte en pensamientos
vida di, no queriendo, a un demonio:
a ti, Señor, confié tantas bondades,
confié el amor que mueve sin esfuerzo,
en ti deposité toda la gloria
y ángeles concebí que te cantaran;
en cambio a él, al otro, pobre diablo,
dotó mi mente sólo de tormentos,
de penas lo vestí que lo enterraran
y perforé su esencia indiferente.
A él lo desprecié sin ayudarlo
y lejos lo mandé por alabarte.

Y descubrí que otros también te crean,
Dios, al imaginarte verdadero,
según la imagen propia y semejanza,
pues buscan un espejo que mejore:
son tantos los raudales de personas
que imaginan en ti toda esperanza,
y siendo tan diversos los humanos
cada cual a su gusto a ti te forma.
Coinciden, pues, algunos en ideas
y otros buscan retrato diferente:
por ver quién te imagina más perfecto
se hacen guerras y estalla el anatema.
Y así no eres uno solamente
ni tres en una esencia misma,
eres tal multitud de tanta idea
contenida en un solo concepto siempre vago:
A ti todo el amor más sentencioso
y el juicio duro que desgarra el cuerpo;
a ti misericordia desmedida
y el ojo fiero que traspasa carne;
a ti el poder de atormentar con pena
y a ti lo más hermoso y lo solemne.

En mí viviste y te doté de nombres:
mi Señor, mi gran Dios, eterno Padre;
mi Salvador, Hijo del Hombre, Cristo;
Espíritu de vida, soplo casto.
Pero también te di más nombres propios,
nombres que no figuran en los libros,
y te llamé, mi Dios, Eterna Culpa,
y Odio ante el extraño sin motivos.

Y así pensando en ti a cada paso
viví según creía ganarme el mismo cielo:
bendecía al injusto en mi camino,
recibía los golpes del ateo;
arrojaba plegarias por los aires
buscando con mi voz cambiar el mundo.
Relegué a lo profundo de mi mente
que eras tan distante como eras tan perfecto;
y olvidé, oh Señor, que al ser humano
tu figura sin mancha no le queda:
te concebí tan blanco, tan radiante,
y tal pureza fue mi negro empeño.

Y pequé, claro está, pequé con miedo,
yo pequé como pecan los humanos:
hacia afuera al moverse a cada paso
por la causa del otro siempre externa.
¡Hacia afuera, hacia afuera, siempre afuera,
si me hiero peco siempre hacia afuera!
Al creerte, mi Dios, como lo hacía,
cada cosa que errara, cada falta,
te hería sin piedad por el recuerdo
de que, siendo perfecto, fallaste con hacernos.

Y como externo, al fin, que siempre fuiste,
y además como juez que nada olvida,
te encargaste, Señor, de mi castigo
que inconsecuente sólo fue interno:
La culpa, miserable y triste culpa,
pesado lastre, clavo en la memoria,
que vive de vivir en el pasado.

Y creí que ardería en el infierno,
que mi alma perdería para siempre:
aunque yo confesaba mi pecado
a la imaginación del sacerdote,
y aunque él absolvía mis “errores”
con la cruz en mi frente dibujada,
la carga de la culpa que me diste
laceraba profundo desde adentro.

Lejos fuiste, osada imagen mía,
al darme tal castigo despiadado,
pues me hacías, Señor, a un mismo tiempo,
verdugo inquebrantable y triste mártir.
De todos los dolores que creaste,
oh Señor, por mi mente traicionera,
te luciste al hacer de la memoria
hoguera ineludible en que moraba.

Dolí la culpa que de mí surgía
y odié lo que fui pues todavía era:
al no dejar morir lo cometido
lo recreaba con dolor y ardiente llanto.
Pues nunca con más peso torturaron
las palabras mil veces repetidas:
¡este cuerpo en que vivo es cárcel donde muero!
¡Moría en cuerpo a causa de mis manos
pues yo ferviente las juntaba
por implorarte que vivieras!
Y vivías, mi Dios —¡cómo vivías! —
vivías tan real e imaginario,
tan cierto que tocaba las alturas,
tan falso que la tierra me tragaba.

Mermaba yo mis fuerzas poco a poco
doliendo entre mis culpas y rencores,
rezando entre los templos y las calles
pensando que eras algo más que una falsa idea.
¡Qué poca fe la del humano
que viendo los alcances de su mente
prefiere convertirlos en espectro!

Nada eres, oh Dios, ya nada eres,
eres sólo recuerdo de una idea,
pues alcancé las riendas de mi mente
y ahora veo la verdad de lo que fuiste.
Yo te canto, mi Dios, como a un muerto,
y sin embargo, mientras canto, vives;
tú vives sólo para despedirme
en el papel que me perdona.
Morirás, morirás cuando termine
de purgar mis errores con la tinta,
morirás pues poseo la palabra,
morirás en mi mente y en la tierra.
¡Basta ya de pronunciar tanta mentira!;
unos breves momentos reviviste,
ya la tinta acaba, mi silencio viene,
y con él, oh Señor, sin pena muere.

Javier Paláu Hernández

Javier Paláu Hernández

(San Luis Potosí, 1998) Estudiante de Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato y miembro fundador del Grupo Pigmalión, es cocreador y editor de la revista El Gallo Galante. Sus poemas han sido publicados en revistas como Polen, Buenos Aires poetry, Campos de plumas, Cardenal, entre otras. Sus principales intereses giran en torno a la poesía novohispana y de los Siglos de Oro, así como la teoría y la crítica literaria.

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