Primer número

El Centinela, Carlos Díaz Dufoo

La noche, una noche transparente y perfumada, de tibia luz de astros y desmayado aliento de rosas: los árboles cabeceando como espectros trágicos, la carretera retorciéndose en blancas curvas, semejante a un reptil monstruoso; a lo lejos, fulguraciones metálicas y rumor apagado que se propaga en ondas y rasga el augusto reposo. A ocasiones, un grito agudo; es la voz de un centinela, que recoge el viento en su amplia túnica, primero como una maldición, después como un quejido, más tarde como un suspiro, hasta perderse en el misterio de la noche. Luego, el silencio, la calma, ese inmenso vacío poblado de ojos que no se ven y de voces que no se escuchan, ronda invisible que azota la frente del que vela y pasa carcajeándose a la sordina, caballeros en un rayo de luna, envueltos en polvillo luminoso, cobijándose en la sombra de un arbusto, bailando su danza loca en un punto indeciso del espacio.

Abajo, el batallón duerme a la sombra de un bosquecillo; la jornada ha sido dura: ¡adelante!, ¡siempre adelante! A través de campos sembrados de amapolas y herido por un sol de fuego. Y ahora, todos descansan, todos, menos Pedro, el centinela, que ha ido a sentarse al borde de un sendero y repasa el rosario de sus recuerdos. Hace una hora que se encuentra ahí, solo, abandonado, y se cree en un mundo aparte; parécele que ha comenzado una vida sutil y extraña en la que las sensaciones son muy vivas y muy penetrantes.

¿En qué piensa Pedro mientras duermen sus compañeros? ¡Ah! Es una triste historia la que lo absorbe. Hace pocas noches, un camarada, joven como él, se había suicidado, ahorcándose en un árbol, mientras hacía su centinela. Y ahora trae a su memoria aquel semblante lívido, de ojos abiertos, boca contraída y cabellos erizados. Y aquel muchacho era un mocetón contento de la vida, alegre y parlanchín.

Sólo que —lo había dicho a menudo— se sentía cobarde como un niño ante la idea de verse alguna noche obligado a hacer su facción de centinela. ¡No! Él, que se había batido con valor heroico, temblaba como una hoja al pensar en este servicio que jamás había prestado.

Llegó, por fin, una noche en que vino su turno. Al anunciársele la noticia, se le vio palidecer, una sombra oscureció su semblante, y luego, muy bajito, dijo a Pedro, sacando del pecho un pequeño paquete: “Es para mi madre”. Y como el otro le mirara absorto, sin comprender: “Sí, —repuso él— no viviré mañana”.

Y haciendo un esfuerzo se alejó precipitadamente.

Al amanecer del otro día, se le encontró pendiente de un árbol: las correas de su fusil le habían servido para estrangularse.

Y Pedro pensaba en todo esto, en tanto que la noche iba avanzando, transparente y perfumada.

¡Morir! ¿Por qué?… ¿Por qué le había de pronto ocurrido esta idea? Aún la vida tenía para él alegrías intensas, deleites infinitos… Y tendió su mirada a su rinconcito querido de la tierra, en donde una anciana le había bendecido, bautizando las lágrimas su cabeza.

Y Pedro se puso de pie y paseó su mirada por la noche.

Las estrellas, como rosas blancas, se deslizaban en el cielo, marchaban, iban flotantes en gasas de luz, y parecían llamarle desde lo alto. Apartó los ojos y los dirigió a tierra.

Una encina, vieja y rugosa, se alzaba ante él; sus ramas se extendían formando un nido de verdura, y agitadas por el viento murmuraban frases dulces a los oídos del centinela.

¡Qué raro sonaba aquel concierto!

Se sentó debajo del árbol y se puso a escuchar.

Las ramas decían: “¡Ven!, ¡ven!, enamorado de la dicha”. Nosotras abrazamos con lazos eternos, tejeremos diademas para tu sien, cubriremos tu cuerpo de sombra. Somos tuyas, ven, ámanos”.

Y las estrellas: “Síguenos, pálido hermano nuestro. La felicidad no está tan baja, sube, asciende, llega a nuestro lado. Bañaremos tus miembros de rocío, te llevaremos a albos espacios en donde la luz se descompone en colores y salta y juega.”

Y las flores se reían socarronamente: “¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!”.

Pedro alzó entonces los ojos y vio, columpiándose en una rama, el cuerpo de su camarada muerto. Pero ¡oh milagro!, aquellos ojos vidriosos se animaban, chisporroteando de placer, y aquellos labios contraídos se dulcificaban en una sonrisa, y aquel cabello formaba una aureola resplandeciente alrededor de la cabeza del ahorcado.

Y él también se reía, con malicia, pero con carcajada lúgubre, sombría, casi siniestra: “¡Ji!, ¡ji!, ¡ji!, ¡ji!”.

Pedro se cubrió el rostro con las manos y procuró recordar: ¡la madre!… ¡La aldeílla!… ¡La iglesia que toca a gloria!…

Y las estrellas seguían secreteando en sus oídos: “¡Ven!, ¡ven!”.

Y las ramas de la encina le acariciaban con su susurro.

Y las flores reían.

Y el ahorcado se carcajeaba con su voz plañidera y doliente.

Entonces Pedro, desprendiendo la correa de su Remington, ató uno de los extremos a una rama y comenzó a pasarse la otra extremidad alrededor del cuello.


Era una noche transparente y perfumada, de tibia luz de astros y desmayado aliento de rosas


*La presente versión de “El Centinela” fue reunida de la edición: Díaz Dufoo, Carlos, Cuentos nerviosos, Universidad Veracruzana, 1986, Xalapa, pp. 34-36.

Carlos Díaz Dufoo

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